Gilles Lipovetsky, “La felicidad paradójica”

¡ La contra del sábado, como no, dedicada a los Lipovetsky de Barcelona!

Saber elegir

Tras una disección radical de nuestra época hipermoderna, Lipovetsky me sorprende con un análisis posibilista y pragmático del presente: “No podemos culpar a los mercados de la incapacidad de nuestros líderes al gobernar y de la nuestra al elegirlos. Si hay países que lo hacen mejor que otros, es porque ellos sí han sabido elegir a sus dirigentes y prosperar. Han analizado la realidad y han sabido adelantarse a su evolución y crear y repartir riqueza, mientras que otros nos hemos dejado arrastrar por el sube y baja de los mercados. Canadá o Australia, por ejemplo, lo han hecho bien y son competitivos frente a China sin haber renunciado a sus derechos y servicios. Otros no hemos sabido”.

¿Se enfada si le llamo filósofo light?
No es amable: a mí cada libro me cuesta cinco años de trabajo, pero no me enfado porque ¿qué es light? En realidad, lo que antaño se consideraba light, el fútbol, la moda, la publicidad, la tele…, hoy mueve más dinero, poder e influencia que la “industria pesada”.

¿Por que hoy todo es light?
Hoy todo es light, pero sólo en apariencia: debajo sigue habiendo una realidad muy heavy. En el anuncio de tu banco no hay números, sino sólo gente sonriente, flores, niños y perros, pero si no pagas la hipoteca duermes en la calle. En cambio, si el banco no paga sus deudas, las acabas pagando tú.

Debemos aprender que nada es gratis.
Por eso, debajo de todas esas sonrisas light, hay realidades heavies: paro, frustración, pobreza, soledad, miedo… Mucho miedo. Vivimos la hipermodernidad del miedo. Y mucha ansiedad. Por eso, la última utopía de nuestra era hipermoderna es la seguridad.

Siempre deseamos lo que no tenemos.
Queremos empleo seguro, pero ese es un deseo imposible, porque el empleo hoy –incluido el de los funcionarios– depende de los mercados, que suben y bajan cada día. Deberíamos buscar una formación –eso depende de ti– segura y no tanto un empleo seguro.

La familia aquí para el golpe del paro.
También la necesitamos y la queremos más estable como nunca. Pero al mismo tiempo queremos sexo libre y divorcio exprés.

Parecen aspiraciones contradictorias.
Son paradojas hipermodernas. Millones de ciudadanos, por ejemplo, temen perder un empleo que, en realidad, no les gusta.

Tal vez sólo temen perder el sueldo.
Y, además, se nos repite que tenemos derecho a trabajar en algo que nos gusta. Antaño nadie esperaba realizarse en su trabajo.

¿Más miedo y ansiedad que antes?
Sobre todo nos afectan más porque somos más individualistas y los vivimos en mayor soledad. Antes podías ser de la clase obrera más baja, pero, demonios, tenías una clase; un grupo, una identidad en la que refugiarte. Hoy consumimos toneladas de pastillas.

¿Hoy no?
Hoy sólo tú respondes de todo cada día en tu trabajo y en tu vida. Ya no se exige rendimiento a “los empleados” o “al equipo”, sino que se nos controla los beneficios que producimos uno a uno. Nunca se nos quiso tan individualistas y tan competitivos. Ni mordimos tanto por tan poco.

También hay solidarios y generosos.
Pero no contestatarios. Las oenegés socorren a los damnificados, pero sin cuestionar a quien los damnifica ni al sistema que incentiva la injusticia. En los sesenta, todas las enmiendas eran a la totalidad y la crítica era revolucionaria. Pero desde entonces y a medida que realizábamos derechos íbamos ingresando poco a poco en la hipermodernidad.

Defina “hipermodernidad”.
Mientras la modernidad se construye en la Ilustración en torno a la tecnociencia, el libre mercado y la democracia, la hipermodernidad comienza al profundizar en esos tres ejes frente al despotismo y al oscurantismo.

¿Cómo?
Venciendo frenos: había Derechos del Hombre, pero no de la mujer; y democracia, pero al principio sólo podían votar los ricos… Fuimos progresando en esos derechos hasta estancarnos en la hipermodernidad.

¿Qué la caracteriza?
El mercado –controlado por pocos– se ha apoderado de los otros ejes: el conocimiento y la democracia y la ciencia, y las ha reducido a la única dimensión del beneficio.

Pero parece que haya más conocimiento y más elecciones que nunca.
La investigación sólo tiene prestigio si da dinero y hoy ya la única preocupación de la política es que no bajen la calificación de la deuda. Las elecciones eligen a quien sirve mejor a los dueños de los mercados.

Las alternativas antaño eran rojas.
No es cierto. Recuerdo a De Gaulle advirtiendo que la política de Francia no se sometería a Wall Street… Y no hace tanto.

Pues la frase suena paleolítica.
Porque la hipermodernidad se define porque no vemos alternativa a lo que hay. Los sesenta creían en las revoluciones. Hoy el sistema tiene críticos, pero no enemigos; ni tan sólo reformistas. Es incuestionable.

¿Ni siquiera a título personal?
Hay quien encuentra salidas individuales, pero no colectivas. En los sesenta quien hubiera hablado de su “calidad de vida” habría despertado sonrisas y le habrían considerado no sólo egoísta, sino ridículo y arcaico.

¿Esa es nuestra utopía privatizada?
La “calidad de vida” es la utopía hipermoderna. Una utopía de bolsillo. Se nos pide a cada uno más y más rendimiento, así que la utopía de la “calidad de vida” es lograr –yo sólo y para mí– “lo mejor, aunque sea menos”.

Me parece una búsqueda inteligente.
Pero imposible: ¿calidad de vida cuando en París lo habitual es tardar dos horas en ir al trabajo y otras dos en volver? Y sólo así cuadran los números de hipoteca y sueldo.

Ojalá duren hipotecas y sueldos.
Otra paradoja hipermoderna. Occidente ha colocado sus valores en el centro del mundo –democracia, derechos humanos, libre mercado–, pero, en cambio, ha sido empujado a la periferia económica por esos mismos países que adoptan sus principios.

Dígame algo esperanzador.
Europa se crece en las crisis. Y esta es grande, así que saldrá muy crecida.

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Posted in contras La Vanguardia, November 14th, 2011 | Eva Palmer

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